Para un nazi español

15 11 2009

Creo firmemente que todos continuamos siendo un reflejo de nuestra niñez y, a lo sumo, no pasamos de ser unos adolescentes durante toda la vida. Así es como tú sigues siendo un niño miedoso. Primero tuviste miedo de que yo te pudiera quitar tu “juguete”. Sí, ese antojo con el que un hombre de tu posición se complace jugando un rato. Un juguete que alguien como tú se cree con el derecho a ser su único poseedor. Pero como todo hombre de tu posición conoce, aunque muchos os auto engañéis, esa “posesión” está viciada, pues se basa sólo en el talonario y en una falsa admiración, y eso es algo que os llena de complejos. Porque tras esa apariencia de triunfador que pretendes reflejar, si corremos las cortinas vemos que hay, como en tantas ocasiones, un hombrecillo inseguro (un cioban, como dijo aquél). El refranero es sabio: “dime de qué presumes y te diré de qué careces…”, y tu carecías de agallas para verte con ella en público.
Después de aquello, ya luego que te convencieras de que yo no era una amenaza para con tu “favorita”, volviste a tener miedo otra vez. Ahora tu miedo era doble así que tornó en pánico. Temor por una parte a que yo, en mi ímpetu descontrolado, descubriera todo aquel pastel y temor también, ya fuera del terreno amatorio, de que pudiese destapar algo más. ¿Y qué iba yo a destapar? Eso, señorito andaluz, sólo lo sabes tú. Pero vuestra manera de agitaros por un tema menor pone en evidencia lo asustados que estabais todos. ¡Tal vez me sobrevalorasteis! ¿Cómo un don nadie como yo podría haber representado una molestia para vuestra nefasta gestión? Lo único que tengo claro es que algo turbio había en aquella institución, deshonorada con vuestra presencia. Pensasteis mucho sobre todo aquello. Mucho fue lo que meditasteis durante todos esos días. Y seguramente lo que más fastidio os daba era percataros de que alguien de una casta inferior hubiera tenido incluso el atrevimiento de plantear una objeción. ¡Y a eso había que ponerle freno y pronto, no se nos fuera a revelar la granja! Es así como sois de intolerantes en vuestro absurdo elitismo, que nadie aparte del necio ya admira. Tolerancia cero y rechazo al que consideráis inferior. Así sigue funcionando vuestro cuerpo hoy día, tal y como siempre lo hizo, sólo que en un panorama como el actual ya no tenéis cabida y deberíamos terminar por desterrar vuestra figura, ya caduca. Pero se os continúa tratando como dioses por doquier y dioses, por tanto, acabáis creyendo ser.
Muchas son las injusticias que los hombres como vosotros habréis cometido a lo largo de vuestra inútil existencia. Algunas las habréis excusado por motivo de vuestra función, pero tened claro que todas ellas os van a perseguir eternamente. A pesar de ser muchas hubo una que, aún teniendo el calificativo sólo de “pequeña” injusticia (a añadir a todas las demás), recordareis incluso hoy. Tal vez no os acordáis de ella tanto como yo, pero no me queda ninguna duda de que a veces vuelve a vuestra memoria para perturbaros, aunque sólo sea por unos instantes. Y es que esta injusticia es seguro que la cometisteis a sabiendas de que lo era. ¿Pero qué puede importar eso a personas sin escrúpulos de ningún tipo? ¿Qué le importa al cazador su víctima? Es más, la mente en ocasiones se convierte en cómplice de nuestros errores y los justifica con todo tipo de argumentaciones. Es así como todos, no sólo los cobardes como vosotros, acabamos creyendo nuestras propias mentiras, las que el cerebro nos facilita para endulzar nuestras acciones equivocadas o nuestras propias limitaciones. No se trata más que de un mecanismo mediante el cual la mente nos evita caer de esta forma en la frustración de una cruel realidad. En cambio al subconsciente… ¡a ese sí que no se le puede engañar! porque cuando hacemos algo sabiendo que está mal, por muy pocos escrúpulos que uno tenga y por muchas justificaciones que uno se dé a sí mismo, el subconsciente sigue sabiendo que hemos obrado mal. Reconozco que hay que escuchar más dentro de uno mismo; puede que así hubieran sido distintas las acciones de unos y de otros.
Volviendo a ti, no hace falta ser psicólogo para ver que hay partes de ti mismo que no te deben gustar en absoluto. Son partes que no se corresponden con la imagen que has creado y temes de que pudieran no permanecer ocultas. Eso te da pánico porque eres un fantoche, con el arte vil de poseer mil caras en función de quien sea tu interlocutor. ¡Pero ten cuidado!, si alguien tan insignificante como yo te ha desenmascarado ante muchos, es muy posible que cualquiera sea capaz de hacerlo. Sólo es preciso un poco de observación para que esa habilidad que posees de estar siempre con una máscara pueda sufrir de algún resquicio involuntario. ¡Hasta los más grandes actores no pueden estar actuando todo el tiempo! Eres el político auténtico, vamos, con “El Príncipe” de Maquivelo como libro de cabecera de cama. Por eso, como todos los políticos, careces de palabra. No tienes palabra, no tienes moral, no tienes piedad… ¡No tienes perdón! Y como no te escribo estas líneas desde el resentimiento, pues el tiempo acaecido ha sido ese bálsamo que cura toda herida, te otorgo de igual modo mi perdón.
Pero hay sobre esto que quiero que aprendas antes. Me resulta inconcebible como alguien como yo tenga que dar una lección tan básica a una persona tan culta e instruida como tú. Pero, nazi español, nunca es tarde para aprender humildad. Porque lo más fácil, lo de poca hombría, es cargarse al más débil como tú hiciste para no plantarle cara a uno más poderoso. Fue una cuestión jerárquica, no de justicia. Y, puesto que tanto te preocupa tu imagen y el poder, has de saber que aquella quedó dañada porque no pareces saber cómo éste se ejerce. Te equivocaste, amiguito, en tu interpretación de don Maquiavelo. Y no resultaste ser demasiado inteligente. Tu decisión fue una demostración de poder que puso a todos a temblar, es verdad, pero no te ganaste su respeto. Pudiste haberme hecho quedar como el malo y tu haber pasado como el magnánimo que no eres. Así que en todo, incluso en las injusticias como ésta, algo de justicia divina siempre queda. No puedo sino agradecer tu torpeza, ya que si hubieras sido magnánimo conmigo nadie me habría creído y todos te habrían admirado por tu savoir-faire. Logré anotarme sólo una victoria moral, que de muy poco vale, pero te puedo ofrecer, al menos, esta lección para otra ocasión (¡que ya no será conmigo!). Recuerda: lo que da poder es el perdón.





La mentira

8 09 2009

Si hubiera de encontrar un sinónimo de mentira yo diría al instante alguno de estos sustantivos: engaño, inseguridad, infidelidad, falta de personalidad. Demasiadas palabras que empiezan con “in” o “en”, demasiadas palabras que denotan ausencia de alguna virtud. ¿Y un adverbio? Detrás, porque la mentira nunca va ni viene de cara. Si hubiera de asociar un verbo con ella no dudaría al decir esconder.
Recuerdo haber mentido hace unas semanas. Pero una mentira nunca viene sola e implica una y otra y otra para ir cubriendo lo que se convierte poco a poco en una montaña de mentiras. Me sentí mal porque, aunque era una mentira innecesaria, no tuve la capacidad de reacción que hace falta para resistir ese primer impulso de buscar la salida fácil a través de ella. Pero fácil es sólo esa primera mentira. Las siguientes se hacen cada vez más difíciles; de decir, de inventar… La mentira es, ante todo, cobardía. Hay que tener valor y rectificar lo antes posible cuando no conseguimos evitar ese primer impulso que todos, aceptémoslo, llevamos dentro (unos de forma premeditada, otros instintivamente). ¿Pero quién tiene el valor de reconocer la verdad cuando ya es demasiado tarde? ¿Quién es capaz de asumirla cuándo no se trata ya de una mentira sino de toda una cadena de falsedades entrelazadas para ocultar esa mentira inicial? Supongo que son muy pocos los que lo hacen, por lo que son dignos de mi total admiración y me gustaría algún día llegar a ser como ellos. Todos los demás, los que no lo hacemos, somos esclavos de nuestras mentiras, que nos persiguen, que nos atrapan y que nos consumen.
Naturalmente no pueden ser lo mismo unas mentiras que otras. Como ejemplo, no puede ser reprochado el que miente ante un jurado para salvar su vida, como instinto de supervivencia.
A veces nuestras mentiras dependen de nuestro carácter y, así, la mentira del tímido o del introvertido, como es a veces mi caso, consiste en contestar falsamente a una pregunta indiscreta a cargo de algún carácter opuesto (y es que hay personas que no se dan cuenta de que pretenden indagar en la vida de los demás de forma verdaderamente incómoda en ocasiones), en cualquier caso esta respuesta errónea es también por miedo y falta de carácter, yo lo se bien. Sin embargo, tal vez hubiera hecho carrera de haberme dedicado a la mentira. Creo inmodestamente que es algo que se me dio siempre bien. Pero, por desgracia, odio mentir y procuro no hacerlo nunca. Lo que sí hago a menudo es no decir la verdad, “la mayor de las mentiras” según la sabiduría popular.  A veces me baso en artificios del lenguaje para no decirla, otras simplemente la callo. Y lo cierto es que lo más peligroso que hay es mentir así, pues se crea una vorágine que se acaba volviendo contra uno mismo y haciéndole mucho daño.
Hay algunos muy inocentes a los que se les nota enseguida cuando están mintiendo y otros que incluso no recuerdan sus propias mentiras. Unos pocos se las acaban creyendo, conozco algunos casos, y parece que de esa forma consiguen que no les afecten, además de crear un marco de absoluta normalidad en torno a ellos. Llegan a mentir hasta con naturalidad. Los políticos, y hablo de ellos en sentido muy amplio, ejercen la mentira como profesión. Ellos son el ejemplo más claro de que muchas veces la mentira triunfa. Me pregunto si esas mentiras que hemos dicho a lo largo de nuestra vida y no han sido descubiertas, si se acumulan en algún lugar, una especie de cementerio de mentiras olvidadas. Me pregunto si desde ese lugar de vacío nos vacían también a nosotros mismos. En cualquier caso, creo ciegamente que a todos nuestras mentiras nos acaban desenmascarando.





Elegía a Sara

25 08 2009

Sarita, este es mi ultimo mail. Borraré tu dirección en cuanto te lo haya enviado. Si te extrañas al recibirlo eso significará que todo ha sido un sueño, un sueño que jamás habría podido soñar pero del que me alegraré poder despertar.
Las desgracias nunca vienen solas pero lo que está claro es que todas vienen por algo. Que el destino existe es algo que aprendí ya hace algún tiempo. Tú incluso me ayudaste, sin quererlo, en esta lección. Pero que todo tenga su razón no explica cuál es esa razón y esto es lo que sigo sin entender. ¿Habrá alguna causa que no acertamos a comprender para todas estas injusticias que nos envuelven? No lo sé. Lo único que sé con seguridad es que al menos tu desgracia le ha dado un sentido a la mía, si es que tengo el morro de denominarla así. Porque es sólo cuando ocurren estas cosas cuando uno se da cuenta de lo afortunado que es. Afortunado incluso por recibir los golpes que da la vida y que le ayudan a uno a madurar. Golpes que sirven para que podamos reaccionar y sentirnos vivos. Y el dolor que provocan también son un estímulo que necesitamos para crear algo aquellos a los que Dios concedió un don natural inferior, eso sí, a la pereza que nos arrojó como lastre. Tu nombre me inspiró una vez para crear algo bello. No lo llevé a buen puerto, quizás, porque faltaba ese dolor que me impulsa ahora.
Te escribo horas después de haber sabido lo de tu muerte. Todavía no acabo de creerlo. Me pregunto si tú te lo creerás ya. La carretera se te llevó y me siento extraño hablando aquí contigo porque tú, tal vez, ya no eres nada. Ya no existes, te has desvanecido, tu cuerpo se marchita y tú no sientes nada. Pero los que has dejado aquí sí que sentimos. Y sentimos que nos hayas dejado. No creo que haya alguien en este mundo que no sienta tu marcha porque tú, Sara, te llevabas bien con todos. La noticia me tiene afectado. Posiblemente porque en secreto, secreto incluso para mí mismo, yo te quise. Y te quise bien, Sara, así como se debe querer. Sin esperar nunca nada, con el corazón limpio, te estimé como amigo, te valoré como compañero de trabajo, te aprecié como jefa… y te quise como quiere un hombre. ¡Sí- dirás- eso cuéntaselo a otra, guapo!- como solías tu decirme. Aunque, ahora soy yo el que te dice que eso de guapo seguro que se lo decías a todos. En fin, bromeo un poco contigo como te habría gustado a ti. Y es que aún no me imagino como será la misa de mañana, con todos tristes y con tu familia destrozada. ¿Qué nos has hecho Sara? ¡Tenías tanta vida en ti! Eras la persona más feliz que he conocido. Y tenías motivos para ello porque la suerte te sonreía. Eras inteligente, eras guapa, te sobraba generosidad, eras atractiva, tenías el éxito en una profesión que te apasionaba… y por si tal realización fuera poco, habías encontrado al amor de tu vida y estabas recien casada. Parece sacado de un cuento. De veras, gente así no existe. Tal vez por ello te has tenido que marchar. Tal vez era demasiada suerte, aunque merecida, y los angeles te cogieron envidia. Pero no te preocupes. Mejor irte ahora antes de que toda esta fabula se empezara a desquebrajar. Mejor que te hayas ido así de feliz, sin que te hayamos visto nunca nadie llorar como los demás lo vamos a hacer por tí. Mi dulce Sara, fijate que había pensado en ti hace unos días… imaginándote en la flor de la vida donde yo te hacía. Pero ya no te veré en esas reuniones de antiguos compañeros que solíamos hacer ni te veré esta Navidad en la cena a la que este año sí podría haber acudido, ya no te llamaré el día 15 de febrero puntual como un reloj para felicitarte, ya no nos veremos más…
¡Todo ha sido tan inesperado! Cualquiera oye las cifras de los muertos en carretera y le suenan sólo a números. Mas detrás de cada número hay una historia, una historia que hoy se acercó a mí. Yo, Sara, ya no puedo hacer nada por ti. Lo único que puedo hacer es mandarte este mail para que lo recojas en tu buzón, donde quiera que se encuentre este.





La soledad de un portero de fondo

20 08 2009

Hace un par de días pasé junto a una marisquería. Me detuve ante el inmenso acuario en el que las langostas y los cangrejos esperan agónicamente a ser servidos. Por si esta suerte no bastase, observé que aquellos cangrejos tenían las tenazas apretadas con una especie de venda para que no pudieran dañar con ellas a la persona que los extrajera para llevarlos directamente a la cazuela. Esto me pareció cruel. No obstante, ha sido todavía más cruel para mí mismo el percatarme de que ese cangrejo soy yo. Igual que el, atado de pies y manos sin posibilidad de reacción. Su terrible agonía y la mía son la misma, con la única diferencia de que el, sin saberlo, espera su muerte, mientras que yo espero volver a nacer. Pero para volver a nacer aún falta tiempo y mi particular agonía sigue. Los recién nacidos son puros y, por tanto, antes de venir otra vez al mundo, voy a necesitar curarme de todo el odio que me ha marcado irreversiblemente. Sí, morí tras una insana agonía el pasado 18 de abril. Como el escorpión, mi carácter autodestructivo llevó a que mi aguijón se volviera contra mí en una picadura mortal. ¡No lo pude evitar! Desde entonces mi alma no encuentra consuelo y sigue penando entre este mundo y el otro en un purgatorio en el que no me consigo purgar. He vuelto a la ciudad de la que soy natural para volver a nacer en ella. Pero estaba equivocado, porque la vida que me tocará vivir al renacer no va a ser la misma que la que he vivido, aunque vuelva a ver la luz en la misma ciudad. ¿La misma ciudad? No, no lo es. Me siento en ella como si hubiera estado en una misión a años luz de distancia y ahora, después de la hibernación, me hubieran sacado de la cápsula y arrojado en un futuro que no logro comprender. Me cruzo con algunas caras que solían serme familiares, pero entre tantas y tantas caras nuevas, no las consigo ubicar. Es una ciudad desquiciada en la que, en mi ausencia, se ha producido un relevo generacional y en la que, si quieres seguir su ritmo, tienes que estar igual de desquiciado. De otra forma, te quedas atrás. La familia lo es todo menos una aliada. Y los amigos de entonces… como diría hace años en una canción que escribí:
“Quedan mis amigos
A mitad del camino
Y yo aún desconozco
Si llegaré al final
Unos optan por la más fácil solución
Y con cuchillas húmedas
Deciden terminar…” ¿con una embarazosa situación?
Ahora, como en el film futurista que describía antes, tras volver del espacio ellos son ancianos. Tal vez he cambiado yo. Tal vez siguen ellos aferrados cómodamente al fracaso. Tal vez todos vivimos en esta sociedad aferrados al fracaso cuando nuestros sueños desde la inmadurez se desvanecen. Pero, como el ave Phoenix de los egipcios renaceré; el momento de la inflexión anunciada por la leyenda se ha producido.