La presente entrada viene al hilo de un artículo publicado en el periódico suizo Blitz, en el cual se mostraba una serie de fotos tomadas en la localidad rumana de Cluj en las vísperas del encuentro de fútbol entre los equipos CFR Cluj y Basel. A raíz de dicho artículo, la publicación deportiva rumana onlinesport.ro, que leo frecuentemente, reaccionó con una “toma de posición” un tanto fuera de lugar: arengando a sus lectores a escribir a la dirección en línea de ese periódico suizo con toda clase de insultos. Al menos es eso lo que uno entiende cuando se juzga como única respuesta a ese artículo “una palabra inglesa de cuatro letras y cuya inicial es la F…”. Posteriormente, en lo que a mí me resulta el colmo del despropósito, se mencionaba que los mejores mensajes enviados a Blitz serían publicados, en lo que resultó ser, por tanto, una especie de concurso de la mayor bajeza posible. A los pocos días, el periódico se retractó y retiró las fotos.
No conozco Cluj-Napoca demasiado bien. Estuve sólo en una ocasión y me fui de allí con una percepción bastante neutra, como de la inmensa mayoría de las ciudades de Rumanía. En definitiva, Cluj, como esas otras ciudades, no consiguen transmitir nada. Pero el fuerte de Rumanía no son en absoluto sus ciudades, sino sus gentes de bien (por desgracia, especie en extinción) y la naturaleza en estado aún salvaje, así que mejor deja sus ciudades al margen si lo que quieres es un reportaje bonito sobre este país. Lo que sí conozco, mejor incluso que mi casa, es la ciudad de Bucarest, que por tratarse de la capital rumana debería tal vez ser más ajena que el resto a este tipo de imágenes. Pues bien, aunque vivo en un barrio bastante céntrico, esas mismas escenas las podría recoger con mi cámara en un día habitual. No me haría falta irme a los suburbios, a los barrios marginales, a las afueras… ¡No! las podría tomar incluso desde mi propio balcón. Son las cosas que pasan a una milla escasa del centro neurálgico de la gran urbe. Podéis echar la culpa a los gitanos, podéis mirar hacia otro lado, podéis reaccionar vehementemente contra quien os hace ver la realidad, pero eso no va a cambiarla. Estoy tratando de ser lo más objetivo posible mientras escribo estas palabras. Creo que como extranjero que vive en Rumanía he aprendido un poco a amar este país y a la vez a odiarlo, del mismo modo que la masa de gente que compone su población. Lo que es obvio es que no estoy aquí en contra de mi voluntad y esa es la suerte de ser extranjero en una tierra extraña. Pero también mi suerte es poder mirar las cosas desde una perspectiva distinta. Es por ello que me doy perfectamente cuenta de cómo a los occidentales, en ausencia de nada más que pueda ofrecer Cluj-Napoca, son esas las estampas que nos llaman la atención.
Y ha llegado el momento de hablar sobre los gitanos, que parecen ser la causa de todos los males en la sociedad rumana (en la publicación onlinesport.ro, se criticaba el hecho de que se mostrara sólo a éstos en lugar de mostrar las cosas bellas de Cluj, que sin duda también existen). Es cierto, se trata de un colectivo complicado. Un grupo que se autopreserva absurdamente en la ignorancia. Una etnia problemática por doquier. Tal vez por todo ello son el chivo expiatorio perfecto. Y, como no podía ser de otra forma, los mismos gitanos han optado por el camino fácil de la victimización y se han complacido en asumir su rol de “malos” en el guión. Pero comparemos un poco a los gitanos de Rumania y a los de Bulgaria, dos países limítrofes que han seguido destinos bastante similares. Por razones que escapan a mi entendimiento, mientras que los gitanos del sur del Danubio han alcanzado un grado de emancipación digno de reseñar, sus vecinos del norte siguen anclados, para bien o para mal, en la edad Media. No son más que las mismas tribus (căldărari, ursari, etc.) que han estado simplemente bajo administraciones diferentes…
En definitiva, esas imágenes representan una verdad dolorosa. Una verdad que pone de relieve la suciedad, la pobreza, la indolencia y la incapacidad de respuesta de la sociedad rumana (en la que, ¡ojo, me incluyo yo mismo!) encabezada por unos políticos vergonzosos.
Naturalmente en Suiza, uno de los parajes más lindos en los que he tenido la suerte de llegar, es imposible encontrar esa cara tan siniestra. Da igual lo mucho que la busques entre los arrabales más infectos o que acudas al tugurio más decadente, ¡no la hallarás nunca! Pero tal vez el país de los cantones sea un caso singular. La pulcritud y civilización están garantizadas. Meramente hay que ver cómo dejan sus bicicletas delante de la estación de tren. Sin candados ni cadenas, incluso a veces con el casco descuidado en la cestita de la bici, todo lo encuentran en el mismo sitio cuando vuelven de sus trabajos. Es todo tan natural que me llega a corroer la envidia y me parece lógico que los hombres y mujeres de aquel estado se muestren reacios a abrirse a costa de perder ese grado de libertad y bienestar.
Lo verdaderamente atacable de las sociedades del norte y centro de Europa, preponderantemente de raíces germánicas, es ese déficit tan fuerte que presentan a nivel de las relaciones humanas, incluso a nivel familiar. Es esa continua rutina que elimina cualquier dosis de espontaneidad e individualismo; esa perfección que conduce al hastío, cuando no al suicidio. Sebastian, un chico alemán de visita por Bucarest, me decía que le gustaba Rumanía porque cualquiera en cualquier esquina entra en conversación contigo (si es para bien o para mal, ahí ya tengo mis reservas). Por otro lado, he visto tantas parejas en Suiza de él junto a ella (ella=mujer brasileña u oriental) que me hacen entender que en el amor, en cambio, se busca la pasión y la sangre de latitudes más cálidas, ardientes. Es la hipocresía. Es la prostitución y la pedofilia donde hay que centrar nuestros ataques a esas sociedades.
Por lo demás, reaccionar con insultos hacia alguien que ve la verdad que tan molesta te resulta, es otro testimonio que manifiesta la profunda inmadurez de la sociedad rumana. Ni siquiera es la técnica del avestruz de meter la cabeza bajo el ala al sentirse atacada, sino que es un comportamiento propio de niños, muy niños.
![cluj1[1]](http://naturasenoeleasca.files.wordpress.com/2010/11/cluj113.jpg?w=510)