Creo firmemente que todos continuamos siendo un reflejo de nuestra niñez y, a lo sumo, no pasamos de ser unos adolescentes durante toda la vida. Así es como tú sigues siendo un niño miedoso. Primero tuviste miedo de que yo te pudiera quitar tu “juguete”. Sí, ese antojo con el que un hombre de tu posición se complace jugando un rato. Un juguete que alguien como tú se cree con el derecho a ser su único poseedor. Pero como todo hombre de tu posición conoce, aunque muchos os auto engañéis, esa “posesión” está viciada, pues se basa sólo en el talonario y en una falsa admiración, y eso es algo que os llena de complejos. Porque tras esa apariencia de triunfador que pretendes reflejar, si corremos las cortinas vemos que hay, como en tantas ocasiones, un hombrecillo inseguro (un cioban, como dijo aquél). El refranero es sabio: “dime de qué presumes y te diré de qué careces…”, y tu carecías de agallas para verte con ella en público.
Después de aquello, ya luego que te convencieras de que yo no era una amenaza para con tu “favorita”, volviste a tener miedo otra vez. Ahora tu miedo era doble así que tornó en pánico. Temor por una parte a que yo, en mi ímpetu descontrolado, descubriera todo aquel pastel y temor también, ya fuera del terreno amatorio, de que pudiese destapar algo más. ¿Y qué iba yo a destapar? Eso, señorito andaluz, sólo lo sabes tú. Pero vuestra manera de agitaros por un tema menor pone en evidencia lo asustados que estabais todos. ¡Tal vez me sobrevalorasteis! ¿Cómo un don nadie como yo podría haber representado una molestia para vuestra nefasta gestión? Lo único que tengo claro es que algo turbio había en aquella institución, deshonorada con vuestra presencia. Pensasteis mucho sobre todo aquello. Mucho fue lo que meditasteis durante todos esos días. Y seguramente lo que más fastidio os daba era percataros de que alguien de una casta inferior hubiera tenido incluso el atrevimiento de plantear una objeción. ¡Y a eso había que ponerle freno y pronto, no se nos fuera a revelar la granja! Es así como sois de intolerantes en vuestro absurdo elitismo, que nadie aparte del necio ya admira. Tolerancia cero y rechazo al que consideráis inferior. Así sigue funcionando vuestro cuerpo hoy día, tal y como siempre lo hizo, sólo que en un panorama como el actual ya no tenéis cabida y deberíamos terminar por desterrar vuestra figura, ya caduca. Pero se os continúa tratando como dioses por doquier y dioses, por tanto, acabáis creyendo ser.
Muchas son las injusticias que los hombres como vosotros habréis cometido a lo largo de vuestra inútil existencia. Algunas las habréis excusado por motivo de vuestra función, pero tened claro que todas ellas os van a perseguir eternamente. A pesar de ser muchas hubo una que, aún teniendo el calificativo sólo de “pequeña” injusticia (a añadir a todas las demás), recordareis incluso hoy. Tal vez no os acordáis de ella tanto como yo, pero no me queda ninguna duda de que a veces vuelve a vuestra memoria para perturbaros, aunque sólo sea por unos instantes. Y es que esta injusticia es seguro que la cometisteis a sabiendas de que lo era. ¿Pero qué puede importar eso a personas sin escrúpulos de ningún tipo? ¿Qué le importa al cazador su víctima? Es más, la mente en ocasiones se convierte en cómplice de nuestros errores y los justifica con todo tipo de argumentaciones. Es así como todos, no sólo los cobardes como vosotros, acabamos creyendo nuestras propias mentiras, las que el cerebro nos facilita para endulzar nuestras acciones equivocadas o nuestras propias limitaciones. No se trata más que de un mecanismo mediante el cual la mente nos evita caer de esta forma en la frustración de una cruel realidad. En cambio al subconsciente… ¡a ese sí que no se le puede engañar! porque cuando hacemos algo sabiendo que está mal, por muy pocos escrúpulos que uno tenga y por muchas justificaciones que uno se dé a sí mismo, el subconsciente sigue sabiendo que hemos obrado mal. Reconozco que hay que escuchar más dentro de uno mismo; puede que así hubieran sido distintas las acciones de unos y de otros.
Volviendo a ti, no hace falta ser psicólogo para ver que hay partes de ti mismo que no te deben gustar en absoluto. Son partes que no se corresponden con la imagen que has creado y temes de que pudieran no permanecer ocultas. Eso te da pánico porque eres un fantoche, con el arte vil de poseer mil caras en función de quien sea tu interlocutor. ¡Pero ten cuidado!, si alguien tan insignificante como yo te ha desenmascarado ante muchos, es muy posible que cualquiera sea capaz de hacerlo. Sólo es preciso un poco de observación para que esa habilidad que posees de estar siempre con una máscara pueda sufrir de algún resquicio involuntario. ¡Hasta los más grandes actores no pueden estar actuando todo el tiempo! Eres el político auténtico, vamos, con “El Príncipe” de Maquivelo como libro de cabecera de cama. Por eso, como todos los políticos, careces de palabra. No tienes palabra, no tienes moral, no tienes piedad… ¡No tienes perdón! Y como no te escribo estas líneas desde el resentimiento, pues el tiempo acaecido ha sido ese bálsamo que cura toda herida, te otorgo de igual modo mi perdón.
Pero hay sobre esto que quiero que aprendas antes. Me resulta inconcebible como alguien como yo tenga que dar una lección tan básica a una persona tan culta e instruida como tú. Pero, nazi español, nunca es tarde para aprender humildad. Porque lo más fácil, lo de poca hombría, es cargarse al más débil como tú hiciste para no plantarle cara a uno más poderoso. Fue una cuestión jerárquica, no de justicia. Y, puesto que tanto te preocupa tu imagen y el poder, has de saber que aquella quedó dañada porque no pareces saber cómo éste se ejerce. Te equivocaste, amiguito, en tu interpretación de don Maquiavelo. Y no resultaste ser demasiado inteligente. Tu decisión fue una demostración de poder que puso a todos a temblar, es verdad, pero no te ganaste su respeto. Pudiste haberme hecho quedar como el malo y tu haber pasado como el magnánimo que no eres. Así que en todo, incluso en las injusticias como ésta, algo de justicia divina siempre queda. No puedo sino agradecer tu torpeza, ya que si hubieras sido magnánimo conmigo nadie me habría creído y todos te habrían admirado por tu savoir-faire. Logré anotarme sólo una victoria moral, que de muy poco vale, pero te puedo ofrecer, al menos, esta lección para otra ocasión (¡que ya no será conmigo!). Recuerda: lo que da poder es el perdón.